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Latido Emocional


Construimos el muro de la Esperanza y de la Libertad

El día 9 de noviembre fue el veinticinco aniversario de la caída del muro de Berlín y lo quisimos celebrar en nuestro colegio. Para ello les contamos la historia de lo que sucedió allí. A los más pequeñitos les contamos el cuento de “Hans, el pequeño héroe holandés” y le adaptamos para que pudieran entender un poquito la idea de un muro. A los niños les sorprendió mucho que aquello sucediera de verdad y que fuera hace tan pocos años. Hablamos de la importancia de la tolerancia, del respeto y de la comunicación para evitar crear “muros”, tanto físicos como imaginarios, entre las personas. Después, cada uno se llevó a su casa un “ladrillo” en el que tendrían que escribir una pequeña reflexión para poder construir un “muro” de la esperanza y de la libertad que en un futuro transformaremos en un “puente”.

Hans, el Pequeño Héroe Holandés
Este no es un cuento inventado, sino que de verdad verdadera, sucedió una vez.
Sucedió una vez en Holanda, cerca del Mar del Norte, donde el suelo – al revés de lo que ocurre en los demás países-, está más bajo que el nivel del mar. Por consiguiente las olas invadirían la orilla y se adentrarían por pueblos, y ciudades, inundándolos, si no hubiese algo que se lo impidiera. Ese algo existe, desde luego. Los industriosos holandeses han elevado muros, muros muy altos, muy fuertes y muy gruesos, en todos los lugares expuestos al ímpetu del mar.
Estos muros se llaman diques. Si no fuera por ellos, ¡pobre pueblo holandés! Los sembrados, las granjas, las aldeas y pueblos y ciudades, serían arrastrados por las aguas del mar. Y los habitantes del país perecerían ahogados. Hasta los niños pequeños saben esto, en Holanda, y miran las murallas formadas por los diques como algo sagrado y familiar.
Pues en este país, en la ciudad de Haarlem, famosa por la belleza de sus tulipanes, vivían dos niños llamados Hans y Dieting. Hans era el mayor de los dos.
Cierto día, cogidos de la mano, fueron a pasear a lo largo del dique. La tarde era hermosa; no había escuela, y no tenían prisa por regresar a su casa. Anduvieron
Correteando y se alejaron mucho de la ciudad. En el camino que seguían, no había ya casa ni granjas, ni jardines; sólo campos de trigo y flores salvajes. Hans estaba muy fatigado; trepó sobre la muralla del dique, y se sentó en lo alto; su hermano se quedó abajo cogiendo violetas.
De pronto, Hans oyó a su hermanito gritar:
– ¡Ven Hans; ven y verás una cosa rara! Un agujero pequeñito, pequeñito… Y hace como unas burbujas de jabón.
– ¿Un agujero, dices?- gritó asustadísimo, Hans.
Resbaló muro abajo y se precipitó a mirar.
Si. Era un agujerito. Un diminuto agujerito cerrado por una gota de agua que formaba burbuja.
Hans se llevó las manos a la cabeza, aterrado.
-¡ Un agujero en el dique! – exclamó-. ¿Qué podríamos hacer?
Miró a derecha e izquierda, escrutó cuanto terreno podía abarcar su vista: ni un alma se divisaba en torno, ni en lontananza. Y la ciudad estaba lejos, lejos, lejos…
Angustiado, dándose cuenta del peligro enorme que el pequeño agujero representaba, Hans volvió a examinarlo. Las gotitas lo atravesaban con un ruidito suave: chop, chop, chop. Hans sabía que, de no cerrarse el agujero, el agua lo iría agrandando, agrandando. ¿Qué podía hacer él, un niño al fin para evitarlo? ¿Correr a la ciudad? Todos los hombres habían partido para la pesca; ¡quién sabe cuánto tardarían en volver! Ya las gotas empezaban a trocarse en un chorrito de agua que manaba con regularidad; alrededor del agujero se extendía ya, en el muro, una gran mancha de humedad.
La cosa era gravísima. Y urgente. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? De pronto Hans tuvo una idea. Metió su dedo índice en el agujero. Si; lo taponaba por completo. Y gritó a su hermanillo:
– ¡Corre, corre cuanto puedas y avisa a las gentes de la ciudad que hay un agujero en el dique! ¡Diles que yo lo taparé hasta que ellos vengan!
El pequeño no podía comprender la gravedad del caso, ni la tremenda catástrofe que amenazaba a la ciudad si las aguas vencían al fuerte muro y pasaban al otro lado; pero la angustia de su hermano se le contagió, y echó a correr, a toda la velocidad que sus menudas piernecillas le permitían. Pero era muy chico y la ciudad estaba muy lejos; tuvo que pararse a descansar, a tomar aliento, más de una vez, y aunque corría, corría, corría parecía que no iba a llegar nunca.
Hans en tanto, arrodillado ante el muro del dique, y con su índice tapando siempre el agujero, veía a su hermano alejarse, alejarse- nunca tan deprisa como él hubiese querido-, hasta que se convirtió en un puntito en la lejanía, hasta que desapareció del todo, del todo… Entonces Hans quedó solo, a la parte interior del dique. Al otro lado le amenazaba el mar inmenso.
Al principio no le pareció difícil su empeño. Sostener un dedo metido en el agujero de un muro, no parece una heróica tarea ni muchísimo menos. Sin embargo, en aquella ocasión, lo fue. El agua chocaba contra el dedo de Hans, cantando su monótono y eterno chop, chop, chop; de cuando en cuando una inmensa ola se remontaba al otro lado del muro, y algunas gotas de espuma rociaban los cabellos del niño.
Pero esto era lo de menos. Lo de más era que, no ya el dedo sino la mano toda empezó a quedársela fría, rígida, helada, insensible. Hans miró hacia la ciudad, a través del largo y blanco camino. Pero aún no se veía a nadie, nada. El frío del agua remontó la muñeca de Hans, le subió por el brazo todo, le llegó hasta el hombro. Si; el frío, un frio, un frío horrible le invadía ya todo el cuerpo, y, del dedo al codo, parecíales tener muerto el brazo. Sin duda hacía ya largas horas que su hermanillo había echado a correr, y en el camino no aparecía nadie, nadie…
Hans sentíase angustiado, desamparado, solo. Muertecito de frío y de fatiga, sin quitar el dedo de su sitio, apoyó la cabeza en el muro. Sintió al otro lado el bramido del mar, y le pareció que aquella gran voz eterna se dirigía a él y le decía:
– Yo soy el Océano. Nadie jamás ha podido luchar conmigo. ¿Quién eres tú, mísero chiquillo, para cerrarme el paso? ¡Aparta y deja franca la vía que me he abierto!
El corazón de Hans latía, latía, golpeándole el pecho con tanta fuerza, como el agua golpeaba el muro. ¿Es que, acaso, no iban a venir a relevarle jamás, jamás?
El agua chapoteando en las piedras repetía:
– ¡Pasaré, pasaré, pasaré! ¡Y te ahogaré si no te escapas antes de que yo llegue!
Por un rápido instante, Hans sintió el vivo deseo de retirar el dedo y escapar. Estaba entumecido, yerto. Pero, ¿y si el agujero se agrandaba y se rompía el dique? Hans apretó los dientes, y hundió el dedo más adentro. Y contestó al mar:
-¡No escaparé! ¡Y tú, no pasarás!
En ese momento le pareció escuchar unas voces. Si; lejos, muy lejos, en el camino, se adivinaba una nube de polvo; luego una masa negra que avanzaba. Eran los hombres de la ciudad que llegaban cargados de materiales y herramientas. A su cabeza iba el padre de Hans. Llegaban corriendo y, desde lejos, gritaban al niño:
-¡Valor! ¡Ya llegamos! ¡No te muevas, Hans!
Cuando, en efecto, llegaron junto a él, y le vieron aterido de frío y de angustia, pero con el dedo bien apretado entre las piedras, los hombres lanzaron ¡vivas! ¡hurras! Y dijeron que era un verdadero héroe, pues había salvado la ciudad.
Enseguida se apresuraron a reparar sólidamente el dique y, cuando el agujero quedó bien tapado y el agua no pudo pasar más, los hombres tomaron a Hans sobre sus hombros, y lo llevaron a la ciudad en triunfo.
Y todavía hoy, los habitantes de Haarlem, en Holanda, le cuentan al viajero la historia del pequeño héroe que salvó la ciudad. Pues este no es un cuento inventado, como tantos otros, sino algo de veras, sucedió una vez…
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