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Latido Emocional


El principio de un cuento…

Esa semana les leímos el principio de un cuento muy bonito titulado “Los tres peces”. Estos peces son muy amigos pero son muy diferentes entre ellos. Uno se caracteriza por ser más pesimista, otro es más optimista y el tercero es realista. Viven muy felices en su río hasta que un día se les presenta un problema de supervivencia y es entonces cuando cada uno se enfrenta a ello de diferente manera. Pero en lo más interesante del cuento… se quedan a medias, pues la misión de esa semana era adivinar cómo terminaba ese cuento.
¿Adivinarían el final del cuento? ¿Su final será más bonito que el veradero? Tuvimos que esperar a la semana siguiente para averiguarlo.

LOS TRES PECES”      (Relato del Panchatantra. La India)

En un río de la India había tres peces que eran íntimos amigos. Uno era de escamas plateadas, otro las tenía rojas y el tercero, amarilla; si queréis imaginarlos, el primero parecía plata brillante, el segundo recordaba una llama viva y el último era oro puro. El remanso en que vivían estaba muy cerca del océano donde el río vertía sus aguas; incluso podían saborear la sal de sus aguas cuando subía la marea.
Una tarde, el pez plateado oyó que un viejo pescador decía mientras remendaba las redes:
– Compañeros, el mar nos provee de buen pescado. Salimos cuando el sol apenas se asoma por levante y volvemos cuando ya está en el punto más alto de la bóveda del cielo; nuestras barcas vuelven llenas de peces. Pero he visto que justo donde el río todavía no ha llegado al mar, las aguas están llenas de peces de agua dulce, que también son sabrosos. ¿Por qué mañana no remontamos el río e intentamos pescarlos?
– Claro que sí- le respondieron sus amigos- nada perdemos por probarlo.
– Nada más que el pez plateado oyó esto, corrió a buscar al rojo y al amarillo y les dijo:
– ¿Sabéis qué he oído comentar a los pescadores?
– Y se lo contó con todo detalle.
– – ¿Qué se han pensado ese atajo de bergantes?- repuso alterado el pez rojo-; pobres de ellos, les daré un buen escarmiento; tengo unos dientes muy afilados y los usaré para roer la red y, si me agarran les morderé los dedos; cuando vean lo terrible que soy, me soltarán y se arrepentirán de su atrevimiento.
– – ¡Ahora sí que estamos perdidos!- dijo con resignación el pez amarillo-. Si tenemos reservado ese destino triste, no valdrán esfuerzos en contra.
El pez plateado no sabía cómo actuar ante las reacciones de sus amigos; sabía bien que eran distintos en su modo de ser, pero no pensaba que se lo tomaran así, uno tan valiente y el otro tan a lo cobarde.
– Por favor, pensemos bien las cosas- les dijo, haciéndoles gestos de calma con las aletas del pecho-. Los pescadores son mucho más fornidos que nosotros; si queremos enfrentarnos a ellos, saldremos perdiendo; después del primer susto que les demos, subirán las redes a cubierta e incluso nos apalearán.
– Por eso os he dicho que es preferible aceptar con paciencia la suerte que nos ha tocado y no pelearse con ellos- insistió el que parecía un hilo de oro fino.
Continuará …
( El gran libro de las emociones. Textos: Esteve Pujol y Rafael Bisquerra. Ed. Parramón)
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